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The New Yorker reabre la gran duda sobre Sam Altman: “No creo que Sam sea la persona que debe tener el dedo en el botón”

The New Yorker reabre la gran duda sobre Sam Altman: “No creo que Sam sea la persona que debe tener el dedo en el botón”

por Edgar Otero

Un extenso reportaje de The New Yorker ha vuelto a colocar en primer plano una pregunta que OpenAI nunca ha conseguido cerrar del todo: si Sam Altman es una figura fiable para dirigir una tecnología que la propia industria lleva años describiendo como potencialmente transformadora y peligrosa. La pieza, firmada por Ronan Farrow y Andrew Marantz, reconstruye con entrevistas y documentos internos las dudas que llevaron a parte de la cúpula de OpenAI a intentar apartarlo en 2023, y lo hace con una idea central muy difícil de ignorar: el problema, para varios de sus antiguos aliados, no era solo de gestión, sino de confianza personal.

La frase más contundente atribuida a Ilya Sutskever resume bastante bien el tono del reportaje: “No creo que Sam sea la persona que debería tener el dedo en el botón”. Según The New Yorker, ese temor cristalizó en memorandos internos donde se acusaba a Altman de mostrar un patrón de engaños, omisiones y relatos contradictorios ante ejecutivos y miembros del consejo. La publicación sostiene que esos documentos, nunca revelados así hasta ahora, reforzaron la convicción de varios directivos de que el CEO de OpenAI no era la persona adecuada para supervisar una tecnología con ese nivel de impacto potencial.

El reportaje no presenta una gran prueba concluyente aislada, sino algo quizá más incómodo. Habla de una acumulación de episodios que, según sus autores, dibujan un estilo de liderazgo basado en decir a cada interlocutor lo que necesita oír, retrasar conflictos y sortear las estructuras que en teoría debían limitar su poder. Ahí encaja otra de las frases citadas en la pieza, atribuida a Dario Amodei, hoy al frente de Anthropic: “El problema de OpenAI es el propio Sam”.

La caída y regreso de Altman ya no parece un episodio cerrado

Hasta ahora, el despido y rápida restitución de Altman en 2023 se había ido asentando en el relato público como una especie de motín mal resuelto, una crisis de gobernanza amplificada por inversores, Microsoft y la presión de los empleados. Pero The New Yorker le da una lectura mucho más inquietante. No habla de un simple choque de egos o de una rebelión de los más alarmistas, sino de una lucha interna en torno a una cuestión muy primaria. ¿El máximo responsable de OpenAI decía la verdad cuando hablaba de seguridad, compromisos internos y procesos de control?

La consecuencia de aquel episodio ya es historia. Altman volvió, sus críticos perdieron peso y OpenAI siguió creciendo hasta convertirse en una de las empresas más influyentes del sector. Pero precisamente ahí está la fuerza del reportaje. Cuanto más poder acumula Altman, más relevante resulta aquella duda inicial. La pregunta ya no es solo por qué lo intentaron echar, sino si quienes lo hicieron estaban viendo algo que el resto de la industria prefirió dejar pasar porque el negocio era demasiado grande como para frenar.

El problema ya no afecta solo a OpenAI, sino a toda la industria

La pieza también deja una conclusión que va más allá del personaje. Aunque el foco esté puesto en Altman, lo que aflora es una industria que dice tomarse la seguridad muy en serio mientras premia justo lo contrario: velocidad, crecimiento, contratos, infraestructura y poder político. En ese contexto, que una parte del ecosistema no termine de fiarse de Altman no impide que siga avanzando. Al contrario, parece casi compatible con el sistema de incentivos actual.

Eso explica por qué el reportaje resulta tan incómodo. No solo cuestiona a Sam Altman, sino también a quienes han aceptado que una figura así concentre cada vez más influencia. The New Yorker no afirma que todas las acusaciones estén cerradas como hechos probados, pero sí deja claro que las dudas sobre su integridad nunca desaparecieron del todo. Y eso, tratándose de la persona que dirige una de las compañías más poderosas del mundo en IA, no es precisamente un tema baladí.

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Redactor del Artículo: Edgar Otero

Edgar Otero

Soy técnico en sistemas informáticos, empecé a experimentar un Pentium II, aunque lo mío siempre ha sido el software. Desde que actualicé de Windows 95 a Windows 98 no he dejado de instalar sistemas. Tuve mi época Linuxera y fui de los que pidió el CD gratuito de Canonical. Actualmente uso macOS para trabajar y tengo un portátil con Windows 11 en el que también he instalado Chrome OS Flex. En definitiva, experimentar, probar y presionar botones.

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